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Sus tesoros son sus recuerdos, las vívidas imágenes en comunidad, allá en Puerto
Tejada, haciendo dulces para que los padrinos regalaran a sus ahijados. Se recuerda a sí
misma blanqueando el dulce e impregnándolo de colores. Es tan arraigada y añeja su
tradición, que al dulce aún le llama melao, como pocas lo hacen. Como muchas mujeres
antiguas, tiene su agüero: “A mí me gusta hacer el melao cuando mi familia está en casa,
pero no me gusta que venga alguien de la calle, porque me lo daña”.

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